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Funcionalidad. Se nos llena la boca con esa palabra cada día, especialmente cuando hablamos entre los propios compañeros: “el objetivo es la funcionalidad”, “debemos tener en cuenta las necesidades del paciente”… y un largo etcétera de frases similares.

Sin embargo, a la hora de la verdad, la práctica clínica está plagada de ejercicios estereotipados, de “recetas” estándar para cada tipo o clase de proceso que, por ser intuitivas y además útiles para muchos de los pacientes, recomendamos y prescribimos sin pararnos a pensar en si es efectivamente lo mejor para nuestros pacientes.

Y la verdad es que esto pasa porque tenemos deficiencias a la hora de diseñar planes de ejercicio terapéutico. Tenemos deficiencias porque no hay suficiente evidencia sólida en determinados aspectos (por ejemplo en cuanto a la dosis) y porque la que existe en muchos otros aspectos no la conocemos.

Y ahí volvemos al término que origina esta entrada: funcionalidad. Está ampliamente admitido que el entrenamiento es específico no sólo de la propiedad muscular que se entrena, sino también es específico del rango de movimiento y de la posición en la que se practica el gesto. Esto es: los beneficios obtenidos son específicos del movimiento practicado, y transferirlos, aun tratándose del mismo grupo muscular, a otro gesto, es cuando menos aventurado.

Esto tiene lógica si consideramos que los cambios estructurales en la musculatura (predominio de un tipo de fibra sobre otros, hipertrofia, etc.) son muy posteriores a los beneficios que se obtienen a causa de los cambios en el Sistema Nervioso Central, que se producen instantáneamente tras la realización del ejercicio. Pero estos cambios corticales serían específicos al gesto que se está realizando, y no a otro. Esa manida frase de “el cerebro entiende de movimientos, no de músculos”, hay que llevarla a la realidad de la práctica clínica, e implica que mejoraríamos la coordinación, precisión y estabilidad del movimiento entrenado, aunque la musculatura afectada también se utilice en muchos otros movimientos.

Por ello, dejemos de mirar, siempre que podamos, a gestos analíticos que nos permitan practicar ejercicios sencillos y estereotipados. Intentemos practicar siempre el gesto de la vida diaria donde el paciente se siente las molestias (ya sea una posición mantenida delante del ordenador con la columna cervical en flexión, ya sea una volea de derechas jugando al pádel). Y si no podemos de primeras, porque la carga para el sistema sea excesiva, terminemos siempre con ese tipo de ejercicios, porque los automatismos en el control del movimiento se establecerán mejor y de forma más duradera -si no únicamente- si así lo hacemos.

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