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fisioterapia sevilla
En una de las conversaciones de pasillo de las pasadas jornadas sobre intrusismo que organizó el ICPFA (tenéis una entrada con mis impresiones sobre la misma aquí), surgió una historia que ponía de manifiesto hasta qué punto las administraciones a veces actúan de forma absurda. Paso a contarla:

Había una vez una compañera de una bella ciudad española que pretendía abrir una clínica de fisioterapia, y solicitó permiso a la administración de salud competente. Como corresponde, el inspector de sanidad acudió a verificar que todo estaba en orden, y resulta que la rampa de acceso no cumplía los requisitos por 3º de inclinación, con lo que le denegaron dicho permiso.
La fisioterapeuta se puso en contacto con su colegio para ver posibles soluciones. Dicho colegio, como todos, mantenía y aún mantiene buenas relaciones con la inspección, a la que trasladan que eso puede y debe ser considerado como una falta leve que no impide la apertura. La dirección de la inspección manifestó estar de acuerdo, y así se lo hizo saber al inspector.

Pero, queridos amigos, resulta que la gente de la capital y la de la ciudad donde se pretende abrir no se llevan muy bien tradicionalmente, y el inspector en cuestión se cabreó porque desde la capital le «dirijan», e impidió abrir a la fisioterapeuta nuevamente.
Ésta, ante esta situación, tiene que abrir como centro de osteopatía, no como centro de salud, porque, y aquí está lo grave, al no ser centro sanitario NO PRECISA DE INSPECCIÓN DE SANIDAD PARA ABRIR. Y como ésta sólo actúa ante centros registrados o solicitantes, y no de oficio, pues la compañera de la bella ciudad pudo abrir su negocio.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

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